Ana Sabaté Martínez Profesora de Geografía Humana. Universidad Complutense de Madrid
La diferencia entre obtener un buen caudal de agua con el simple gesto de abrir un grifo o invertir cuatro o más horas diarias en extraer y acarrear un volumen de agua mucho menor es uno más de los abismos que separan a las personas que vivimos en países del Norte y del Sur. La gestión del agua en los espacios rurales, en las periferias urbanas y en las propias ciudades de países no desarrollados es mucho más compleja de cómo la percibimos desde nuestra propia experiencia, incluyendo una serie de trabajos que son realizados casi exclusivamente por mujeres y niñas, sin más ayuda que la propia energía de sus cuerpos.
 
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* En primer lugar hay que obtenerla a partir de manantiales, pozos o corrientes de agua; * Transportarla, generalmente sin ningún tipo de ayuda mecánica * Purificarla y/o hacerla hervir para que pueda ser bebida (lo que a veces se complica aún más ante la escasez de leña como único combustible) * Hacer un uso óptimo de ese agua, lo que incluye utilizarla para varias funciones * El agua es un elemento indispensable no sólo para la supervivencia humana directamente, sino para preparar las comidas y para toda la higiene y limpieza del grupo familiar, de sus ropas y de toda la vivienda * Finalmente, hay que eliminar de forma adecuada el agua utilizada, en zonas que carecen de letrinas, redes de saneamiento, y, por supuesto, de depuradoras * Con frecuencia es, además de todo lo anterior, elemento de trabajo y supervivencia para las mujeres y sus familias, que permite la obtención de alimentos en pequeños predios de regadío o la realización de trabajos a domicilio.

En todas las sociedades, territorios y épocas, la gestión del agua se ha asignado siempre a las mujeres; en las condiciones anteriores este trabajo consume una gran parte de su energía y de su tiempo. Recordemos a modo de ejemplo que en muchos países africanos apenas un 20 ó 30% de la población tiene acceso al agua potable y una proporción mucho menor dispone de redes de saneamiento en sus lugares de residencia. En estas zonas las mujeres llegan a emplear cuatro horas diarias en el abastecimiento del agua, con horarios de trabajo total que alcanzan jornadas de 18 horas. Algunos procesos de deterioro medioambiental, como la sequía o la contaminación de los cursos de agua a consecuencia de un uso excesivo de productos químicos en la agricultura han complicado aún más desde los años ochenta el acceso y la obtención de agua potable y, por tanto, la carga de trabajo que supone la gestión del agua para las mujeres se incrementó aún más.

Por todo ello y desde los últimos decenios del siglo XX tanto las agencias mundiales (fundamentalmente Naciones Unidas y la FAO), como las organizaciones de mujeres y muchas ONGs están planteando que las mujeres deben de tener cada vez más capacidad de decisión acerca de este recurso imprescindible; por otro lado, dotar a todas las comunidades del mundo de un punto de acceso a agua potable en la propia aldea o calle se presenta como uno de los retos imprescindibles de cualquier propuesta de desarrollo. Una pequeña inversión de este tipo multiplica sus beneficios ya que permite: reducir el tiempo y esfuerzo que las mujeres dedican a obtener y gestionar este líquido tesoro; mejorar la salud familiar al eliminar focos de infección procedentes de aguas contaminadas; disponer de algunos caudales para cultivos más productivos (pequeñas huertas para autoconsumo o para vender en los mercados locales), o mayores facilidades para llevar a cabo determinados trabajos que estas mujeres realizan en sus casas (como lavar la ropa de otras familias con niveles de renta más elevados). Debido a los conocimientos ancestrales acumulados, numerosas experiencias en distintos países están poniendo de manifiesto que, cuando las mujeres entran en la toma de decisiones, el uso del agua es más racional, aumenta la producción agraria, mejora la calidad de vida propia y familiar y se generan algunos puestos y trabajo para ellas mismas u otras personas. Obtener un caudal de agua pura realizando el mínimo esfuerzo de abrir un grifo es uno de los grandes privilegios de nuestras sociedades. Su gestión responsable nos implica a todos, hombres y mujeres. |